Entre 1982 y 1986, el estudio madrileño de Fernando Vicente Galdón no contaba con calefacción adecuada durante las mañanas. Lejos de ser un obstáculo técnico, el frío modulaba el comportamiento físico del óleo: la pintura tardaba más en oxidar, permitiendo arrastres con espátula de borde ancho que conferían a las figuras esa textura casi geológica.
«El lienzo no acepta concesiones cuando la escarcha se asienta en los cristales. O atacas con decisión la mancha, o el cuadro se cierra antes de tiempo.»
En este breve recorrido por sus cuadernos preparatorios, documentamos el paso de las veladuras sutiles a la materia pura que definiría su madurez creativa.